Omir Si Infi (El que nunca ríe)

I

“Que los dioses te sean propicios, Omir”. El saludo cogió desprevenido a Omir que estaba sentado en posición de meditación, de espaldas a la puerta. Como todos los días se había despertado mucho antes de la primera oración de la mañana y aprovechaba aquellos momentos previos a la actividad cotidiana para saludar a las estrellas que podía ver desde su ventana. Había notado algo extraño en el rumor de pasos que se acercaban a su habitación. No eran los acostumbrados pasos sigilosos del hermano encargado de despertarles. Eran dos las personas que con paso firme se habían acercado a su puerta. Sin embargo no había sido plenamente consciente del cambio hasta que la voz del hermano mayor Limca Tanda resonó en su celda. Se incorporó aturdidamente de su postura sin saber qué hacer ante esta inesperada situación.

monje budista“Veo que no dormías, Omir. Te ruego perdones esta intromisión, pero nuestro maestro Naibha Nib Arhim, a quien los Dioses bendigan, me ha pedido que te lleve ante su presencia. Puedes venir tal y como estás.” Limca acabó la frase con un gesto imperativo que no dejaba lugar a dudas. Había dicho todo ello de un tirón y sin mirarle directamente. A Omir le sorprendió la mezcla de sentimientos que la actitud y los gestos de Limca reflejaban. Limca era una persona pausada, autoritaria. Era difícil que su estado de ánimo traspasara la coraza que lo cubría. Pero ahora había perdido su aplomo habitual, como si la situación de superior a inferior que les había unido hasta ahora se hubiera trastocado de alguna manera y Limca no supiera cómo manejarla. El propio Omir se sentía desconcertado. Masculló una frase ritual de saludo y respeto sin saber muy bien si era la adecuada y siguió a Limca fuera de su habitación. El joven Chapir, que había acompañado a Limca, cerraba la comitiva.

Mientras andaban presurosos por los vacíos corredores, Omir pensó en los motivos que habría tenido Naibha para llamarle. Quizás se tratara de alguna prueba a las que solían ser sometidos sin previo aviso los jóvenes monjes para endurecer sus cuerpos o madurar su personalidad. La facilidad y naturalidad con que las había superado había asombrado muchas veces a sus preceptores. Intuía que algún día sería llamado a suceder al propio Naibha. Pero era muy joven y, a pesar de su superioridad, comprendía que era demasiado pronto para que eso sucediera. Aún tenía un largo camino que recorrer.

Sus sandalias resonaron en los escalones de piedra mientras subían hacia las habitaciones superiores donde se aposentaban los sacerdotes y los miembros destacados del monasterio. Pero no entraron en ninguna de ellas sino que se encaminaron directamente hacia el patio superior, reservado para ceremonias especiales y que apenas si conocía. Limca se detuvo un momento en la puerta, esperando en silencio a que se produjera la orden para entrar desde el interior. Omir no oyó nada, pero la mirada de Limca giró hacia él como si hubiera recibido una seña de asentimiento y con un gesto de la mano le indicó que pasara haciéndose a un lado.

Omir se adelantó con todos sus sentidos alertas y por segunda vez en el día le sorprendió la situación. Había esperado una recepción a solas con Naibha, acompañado a lo sumo de uno o dos de sus sacerdotes ayudantes. Pero estaban allí sentados casi todos los que componían las altas jerarquías del monasterio. Formaban un semicírculo rodeando a Naibha que ocupaba su parte central. Dos antorchas de aceite alumbraban con luz oscilante el recinto. El patio estaba descubierto y se podía ver todo el firmamento estrellado sin ningún obstáculo. En el horizonte la oscuridad de la noche empezaba a difuminarse. Pronto amanecería.

“Que los Dioses te bendigan, Omir. Pasa y acomódate”. Más que como superior, Naibha le había hablado con la familiaridad de un padre. Omir se encaminó presuroso hacia la manta azul que estaba en el centro geométrico del semicírculo formado por los sacerdotes. Se sentó en ella con las piernas dobladas en posición respetuosa. Sentía que era el centro de las miradas de todos ellos. Se relajó y aguardó.

“Dios está contigo, Omir”, volvió a saludar Naibha. “Puedes levantar la cabeza, querido hijo”. La respuesta de Omir quedó interrumpida antes de que hubiera podido articularla según el ritual, al continuar hablando Naibha de una forma afable. Su voz sonaba fuerte y modulada. No correspondía a la figura venerable y apergaminada que tenía delante. Podía sentir la fuerza y la bondad del viejo aún sin mirarle directamente.

“Sin duda te preguntarás por qué te he mandado llamar. Tú sabías que esto se produciría más tarde o más temprano, pero ciertamente no tan pronto. Tú sabes muchas más cosas de las que te correspondería saber por tu edad”. Maibha hizo una pausa como si buscara las palabras adecuadas y continuó lentamente.

“Naciste viejo, Omir. En la rueda de las reencarnaciones tú fuiste de los primeros que empezó la carrera. Y por eso estás llegando al límite, al final del trayecto de tu estancia en este mundo. Todo lo que has hecho aquí en el monasterio tú ya lo sabías. Lo has hecho en tus anteriores vidas y lo comprendes y lo aceptas sin necesidad de que te lo repitan. Mientras tus compañeros no comprenden nada y hay que explicarles las cosas una y mil veces, tú las haces con paciencia porque sabes cuál es el verdadero sentido de tu vida.” Naibha observó a Omir. Este estaba completamente absorto.

“El día que fuiste presentado al sacerdote de tu aldea para que te ofreciera a los Dioses, te puso un nombre extraño. Omir Si Infi, que en la lengua de nuestros antepasados significa El Que Nunca Ríe. Ni siquiera tus padres se acuerdan de su verdadero significado porque tú has reído y llorado casi como el resto de los otros niños. Pero tú sí conoces el significado real de tu nombre”, continuó Naibha. “Tú ríes y lloras no porque seas arrastrado por tus sentimientos, sino por caridad hacia las otras personas que te rodean. Eres demasiado superior, demasiado viejo para que te afecten las pequeñas cosas que hacen reír y llorar a tus hermanos. Ellos se hubieran sentido demasiado pequeños a tu lado si te hubieras mostrado tal y como eres. Sin embargo no has sido muy buen actor y tus padres se sintieron aliviados cuando te trajeron al monasterio y fuiste aceptado para te integraras en nuestra comunidad”. La voz de Naibha era pausada. No ensalzaba a Omir ni le humillaba tampoco. Era simplemente la descripción de una situación que daría sentido al verdadero motivo para el que había sido llamado.

“Tienes razón, Omir” dijo Naibha como si hubiera leído el pensamiento de Omir. “Tú eres la única persona capacitada para tomar el mando del monasterio cuando yo falte. Pero aún eres demasiado joven, como tú mismo sabes. Aún tienes muchas cosas que aprender y muchas que recordar. Pero pronto yo ya no estaré entre vosotros, gracias al Creador. Mi última hora en la tierra está próxima y alguien tiene que reemplazarme”. Hizo una pequeña pausa y concluyó. “Tú, Omir.”

No había habido emoción ni teatralidad en las palabras de Nibha, ni Omir pareció sorprendido ni emocionado. Parecía como si hubiese una comunicación subterránea entre maestro y discípulo y las palabras fueran emitidas únicamente como cortesía para el resto de los presentes que no podían captarlas.

“Tan solo hay una cosa que pueda ya enseñarte. La hubieras aprendido con el tiempo de una forma gradual. El último paso en tu evolución. Pero ahora hay que acelerar el proceso. Pronto no estaré contigo para guiar tus pasos por el sendero desconocido”. La voz de Naibha traslucía el sentimiento del padre que ayuda a su hijo a dar los primeros pasos en su vida.

“Tienes que pasar por una prueba para la que pocos están preparados. Las anteriores a las que fuiste sometido no fueron verdaderas pruebas para ti. Tu cuerpo no te esclaviza, ni tus sentimientos, ni tu mente. Tú eres su dueño. Por eso puedes perdonar a los demás cuando en su torpeza se hacen daño y se hieren entre ellos. Pero hay algo que es más difícil que todo eso, algo que casi únicamente los dioses pueden hacer, y es perdonarse a sí mismo”. Omir notó que el desenlace estaba próximo y que tendría que tomar una decisión importante para él, aunque todavía no sabía de qué se trataba.

“Has olvidado muchas cosas, Omir, y es hora de que las recuerdes. Tú amas a las montañas, a las personas, a las plantas, a la tierra suelta debajo de tus pies, al aire que respiras, a las estrellas que te iluminan por la noche… a ti mismo. Conoces a tu verdadero Padre y a tu verdadera Madre. Ellos aman a sus hijos imperfectos, los hombres, y tú los amas a Ellos y a tus compañeros. Pero ahora tienes que amarte a ti mismo, no como eres ahora, sino como has sido antes, y hay que tener las espaldas muy fuertes para ello. La prueba será dura y tendrás que estar solo para hacerle frente; nadie puede ayudarte excepto tú mismo. Tienes que cumplir tu misión de amar y perdonar y hacer que otros sigan tu ejemplo como punto final de tu estancia en esta tierra antes de pasar a planos superiores. Pero la decisión final depende de ti mismo. ¿Aceptas, Omir?”

Omir notó que había expectación en el grupo de sacerdotes, pero no en la voz de Naibha, que conocía la respuesta, ni en la suya propia cuando la escuchó por primera vez en aquél recinto. “No soy digno, padre amantísimo, de la atención que has puesto en mí, pero acepto cualquier prueba que consideréis oportuna para mi bien y para el bien de los demás y haré lo posible para no decepcionaros.”

Omir inclinó la cabeza y esperó humildemente.

II

Cerró los ojos. Aun así podía ver la presencia y la personalidad de todos y cada uno de los que allí estaban. Naibha destacaba con una luminosidad radiante, diáfana. “Sé que puedes verme aún con los ojos cerrados, Omir”, dijo Naibha. “Y sabes que yo puedo verte igualmente. Somos casi iguales, pero tú empiezas donde yo termino. Quisiera acompañarte en tu viaje, pero el recorrido debes hacerlo tú solo. Sé fuerte, hijo mío.”

Naibha adoptó una coloración más cálida de amor y bondad que superaba cualquier sentimiento que él hubiera visto antes. Notó cómo una espiral de energía se formaba y giraba cada vez con más fuerza, canalizada por cada uno de los sacerdotes. Él estaba en el centro del remolino energético. Cooperó con ellos, se abrió. Bajó todas las barreras que le impedían conectarse con ella de forma natural. Se dejó llevar.

Omir empezó a perder su individualidad. Perdió la conciencia de su cuerpo físico y pasó a formar parte de lo que le rodeaba. No pensaba como Omir, no recordaba haberlo sido. No recordaba a Naibha, ni a sus compañeros, ni a su anterior vida. Era algo que lo envolvía todo, que amaba a todo confundido con todo.

Vio colores y dimensiones que nunca había visto antes pero que le eran familiares como si nunca hubiera dejado de verlas. Vagó por extraños caminos arrastrado como una medusa por corrientes de energía y tiempo, vibraciones, colores, fuerzas. A veces era atraído por ellas, a veces repelido. Unos puntos brillantes y cálidos atrajeron su atención y se dirigió hacia ellos. Pero algo opaco se interpuso entre ellos y él y al instante se vio rechazado, confundido como un pequeño animal que es apartado por su amo de una golosina que no es para él. Había otros puntos que también le atraían, aunque no tan fuertemente, y se dirigió hacia ellos. Esta vez no hubo ningún impedimento. La fuerza que le había apartado de las anteriores se limitó a observar.

Al acercarse notó que los puntos vibraban con extraña armonía con él mismo. Le eran familiares como si hubiera estado alguna vez en contacto muy íntimo con ellos. Formó una única parte con sus vibraciones y vibraron armónicamente juntos. El resto de las dimensiones, colores, energías, se fueron apagando para sus sentidos. Quedó suspendido en el borde de un abismo en el filo que separa el pasado del futuro. Ahora podía recordar algo de su pasado y podía interrogarse sobre su futuro. Sentimientos angustiosos y placenteros fluían a su través. Se identificó totalmente hasta creer que era uno con ellos.

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Otro ser le gritaba desde las tinieblas. No podía comprender sus palabras y trató de acercarse a él. Pero sus piernas no le respondían. Muy lentamente se arrastró en dirección a la llamada, pero la voz se alejaba más y más. De pronto perdió apoyo y cayó lentamente, olvidando la llamada y gritando de terror al sentirse tragada por el negro pozo. Se encogió sobre sí misma y de repente la luz se hizo sobre ella. Estaba sudando, envuelta en tibias sábanas. Su mirada recorrió la clínica donde se encontraba. Todo había sido una pesadilla originada, sin duda, por los calmantes que le habían hecho tomar como preparativos para la operación.

Lentamente fue tomando conciencia plena de dónde estaba y para qué. Recordó a John, su marido y su embarazo. Embarazo que no quería. Era demasiado pronto para amargarse la vida cuidando de una criatura. No podrían disponer de libertad para vivir la vida, viajes, lujos, dinero. Además sentía unos irracionales celos pensando que tendría que compartir el cariño de John con aquél pequeño ser y aquello era algo que no podía aguantar. Pensó en el futuro tal y como ella lo había soñado durante toda su vida y que ahora estaba a punto de hacerse realidad. Estaba satisfecha y no sentía ningún remordimiento de conciencia por la decisión que había tomado.

Se abrió la puerta y entró una enfermera con una bandeja en la mano. Tomó unas píldoras a su amable requerimiento con un sorbo de agua y casi inmediatamente le entró un sueño incombatible. Sabía que no se enteraría de nada hasta unas horas después de la operación. Se equivocaba. Nunca volvería a despertar de su profundo sueño. Un pequeño imprevisto, un paro cardíaco, y el director de la clínica se vio en la penosa labor de informar a un marido asombrado de la muerte de su esposa en una operación de la que él nada sabía. Afortunadamente tenía la declaración de la propia víctima autorizando la operación, lo que eximía al personal de la clínica y a él mismo de cualquier responsabilidad frente a la justicia.

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Saniar Bell tosió violentamente cuando el agua le llegó a los pulmones. Inconscientemente se había dado la vuelta y su cara había quedado enterrada en el barro del suelo donde dormía. Se incorporó luchando por ahogar la tos. Era peligroso hacer ruido en aquel momento. Pero el resto de sus agotados compañeros siguieron durmiendo sin notar algo extraño. Únicamente advirtió un inquieto movimiento que provenía del puesto de guardia. Con cautela se desembarazó de la empapada piel de oso que le cubría por las noches. La acarició con afecto. Constituía su única pertenencia además del uniforme y las armas. Aún era envidiada y codiciada por sus compañeros a pesar de lo deslucida que estaba.

Escuchó en el silencio de la noche. Una fina lluvia caía sobre los cuerpos de sus compañeros y sobre él mismo. Debido a su proximidad a la zona amurallada no habían podido armar las tiendas para no delatar su sigiloso avance. El frío y la lluvia no les impedían dormir debido a su endurecimiento y a la tremenda fatiga que les producían las terribles marchas diurnas de catorce horas. Pero pronto podrían recoger los frutos de su esfuerzo titánico. Los habitantes de Satar dormirían confiadamente sin sospechar su proximidad después de la aparente derrota del ejército bárbaro en Recenam, a más de mil nores de distancia. Habían llegado casi a la par que los mensajeros reales que traían las noticias de la victoria de su ejército y la pequeña guarnición que guardaba la ciudad estaría desprevenida cuando se produjera el asalto.

Su fino oído captó el movimiento de las tropas que se iban levantando en silencio. Antes de que saliera el sol, la ciudad de Satar, con sus riquezas extrañas y sus mujeres, caería en sus manos. Debido a su enorme fuerza y agilidad él tendría el honor de estar en las primeras filas de su ejército que romperían la guardia de Satar.

Avanzaron en silencio, de acuerdo con el minucioso plan establecido por su glorioso general Rasir. Las antorchas que iluminaban los puestos de guardia les sirvieron de orientación. Cincuenta de los mejores hombres treparon por largas escaleras hasta lo alto de las murallas amparados en la oscuridad de la noche. Los centinelas debían ser eliminados en el mayor silencio para evitar provocar la alarma entre los defensores de la ciudad. Un pequeño murmullo atrajo la atención de uno de los centinelas que se acercó inquieto al lugar de don provenían los ruidos. Pero cuando giró un ángulo de la mirada todo estaba tranquilo. Únicamente había dos bultos informes en el suelo. Los reconoció inmediatamente, eran sus compañeros de guardia. Fue la última imagen que pudo ver antes de que unos dedos de acero se cerraran sobre su cuello. El principio del fin de Satar había comenzado.

Las primeras luces del amanecer alumbraron a una ciudad saqueada y medio destruida por el ejército invasor. Saniar cantaba y reía ebrio de sangre y vino con sus compañeros. Era el mejor día de su vida. Había funcionado como una perfecta máquina de matar y había bebido las mieles del triunfo. Un furtivo movimiento en una ventana atrajo su atención y se separó de sus ruidosos compañeros. La desvencijada puerta de la humilde casucha cayó con estrépito bajo una patada de Saniar. Una mujer cubierta de harapos le miraba con terror acurrucada en un rincón. Saniar se dirigió hacia ella lentamente. El brillo de su mirada y la expresión de su cara no dejaban lugar a dudas sobre sus intenciones. Una figura, moviéndose con increíble rapidez, saltó sobre la espalda de Saniar y la cortó el cuello con una afilada daga en un furioso movimiento. Demasiado tarde Saniar se dio cuenta de que había caído en una rudimentaria trampa. Era el primer descuido que cometía en su vida, debido quizá a lo embotado de sus sentidos por la borrachera. También era el último.

. . . . . . . . .

Por un momento su mirada había quedado fija, fascinada por el brillo de las monedas de oro que tintineaban al caer, una por una, en la bolsa de cuero. Las tenues luces de las velas daban extraños reflejos dorados, hipnóticos. El tintinear del dinero era el sonido más placentero que podía escuchar. Dinero era poder. Su brillo era brillo celestial. Se reía para sus adentros cuando la gente que pasaba a su alrededor le miraba con lástima ante sus ropas viejas y ajadas por el uso. Se reía de su ceguera.

Ellos no podían comprender el poder que él tenía. Había empleado toda su vida en la consecución de aquel oro que ahora bailaba ante su vista. Mientras los otros holgazaneaban y se gastaban el fruto de sus esfuerzos en comer o en mujeres, familia u otros vicios que no podía comprender, él había utilizado su inteligencia para explotar sus vicios en su propio beneficio.

Su risa senil, cascada, semiinconsciente, que había empezado en un todo bajo, inaudible casi, fue creciendo en intensidad mientras sus dedos se enterraban en las monedas. Recordó los momentos más brillantes de su vida, sus mejores transacciones. Había tenido que ser duro con algunas personas, pero para él eran débiles, se lo merecían. Estaban enfermos de extrañas locuras, iban buscando placeres efímeros que necesitaban comprarse con dinero y se consumen y hay que volver a reponer, y así gastaban sus vidas. Sus valores eran sólidos en cambio. Las monedas de otro nunca le traicionarían.

Su risa se elevó de volumen y se convirtió de pronto en una tos aguda y desesperada. El aire casi no podía entrar en sus pulmones, un líquido viscoso que surgía de su garganta se lo impedía. Tuvo el tiempo justo de reconocer su rojizo color antes de entrar en la inconsciencia definitiva. Escupió con fuerza mientras las luces se iban oscureciendo. Atrajo hacia sí el puñado de monedas apretándolas contra su pecho desesperadamente.

III

monasterio budistaSe apartó violentamente de aquellos seres que le repelían y que algún día habían sido parte de él mismo. Huyó con miedo y asco de aquellos puntos luminosos que había habitado. Quería huir pero no sabía dónde. Quería huir de sí mismo. La fuerza opaca que le había estado observando se volvió cálida y luminosa de pronto. Se sintió atraído por ella y se dejó arrastrar en aquel laberinto de dimensiones y colores. Fue llevado ante un punto que brillaba con radiante luminosidad y se zambulló en él absorbido por su cálida vitalidad. Estaba de nuevo en el cuerpo y lugar de donde había partido. Volvía a ser Omir. Seguía sentado frente a Naibha, pero ahora el recuerdo de sus anteriores vidas le acompañaba.

“También has sido bueno, Omir”. El torbellino en que giraban sus pensamientos y sentimientos fue detenido por la voz de Naibha. Había sido llevado a los puntos más negativos de sus anteriores vidas con un claro propósito. Él podía perdonar a los demás. Ahora tendría que igualarse a los Dioses, tendría que perdonarse a sí mismo. Él había sido verdugo muchas veces y había sido la víctima también. Había matado y había hecho el mal en su egoísmo inconsciente. Y ese egoísmo se había vuelto contra él mismo de forma que la balanza estaba equilibrada.

Abrió los ojos y miró a Naibha. Por primera vez había temor y vergüenza en su mirada. Naibha estaba ahora junto a él. El dolor que sentía se retorció dentro de él y pugnó por salir. Sus ojos angustiados buscaron los de Nabha. “Adelante, Omir” era el mensaje que podía leer en ellos. Un extraño sonido como el chirriar de una puerta mal engrasada se extendió por el recinto haciéndose cada vez más fuerte. Omir no sabía qué era hasta que se dio cuenta de que partía de él mismo.

Omir Si Infi estaba llorando.

 

Miguel Martínez

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