Bajo el viejo roble

¿Alborea? ¿Cae el sol? ¿Hace buen día? ¿Luce el sol? Son las mismas preguntas que me hago cada día. He perdido la relación del tiempo, y lo peor, el interés por el mismo. Solo sé que es de noche o que es día. Noche porque hay luz artificial en la pobre bombilla de nuestra habitación compartida con otros tres ancianos. Día porque hay movimiento en la Residencia y cada cierto tiempo alguien se acerca a mí para lavarme, cambiarme la ropa, darme de comer o de beber. Para vestirme, levantarme, ponerme en mi carrito y sacarme al salón o al paseo. O al revés, para meterme en la cama. Me gusta el paseo, todo cubierto de árboles a ambos lados. Chopos, álamos, plátanos salvajes y castaños que le llenan de sombre en los días calurosos del verano. En la primavera da gloria verlos echar hojas verdes. También tiene en sus lindes confortables asientos de madera movibles y de piedra fijos. Bancos que para mí sobran. Yo no tengo más alojamiento que la cama o el carrito. En el otoño, cuando la hoja cambia de color y cae, y aún hace sol, a mí me gusta mucho porque el color de las hojas me recuerda el viejo roble de mi pueblo y me lleno de nostalgia y de recuerdos. Quizás sean niñerías sin interés para los demás, pero entrañables para mí. Son mi propia vida. Más o menos interesante, pero… ¡mi propia vida! La que se acabó con mi desafortunada caída, para lanzarme en este terrible abismo sin fronteras en que me encuentro. No sé si vivo o estoy muerto. Y ellos piensan lo mismo, desde que me trajeron aquí. En el Hospital perdieron toda esperanza de recuperarme total o parcialmente. Quedé inválido después de aquella fractura de columna cervical que se produjo cuando el coche arrolló mi carro y la mula asustada corrió desaforadamente acabando por lanzarme por encima de su cabeza.

Aquí se acaba mi recuerdo del accidente. No sé qué ocurrió más. Ni que fue del pobre hombre que atropelló mi carro. Cuando lo recuerdo pienso en las noches que durmiendo o despierto le vendrá a la memoria, si a él no le ocurrió nada, el accidente y cómo le remorderá la conciencia atormentándole. Yo volví en sí, —¿esto es volver en sí? — algún tiempo después. Estaba muerto y volví a la vida —¿esto es vivir? — más o menos como estoy: absolutamente inútil, sin más relación con el mundo que la vista, el oído y las funciones vitales. No puedo moverme sin ayuda. Ni comer. Ni orinar. Ni beber, Ni hacer de vientre. Ni hablar. Solo oír, ver y pensar. Eso sí, pensar con absoluta lucidez. O eso creo yo, que pienso lúcidamente, porque ellos, los que me cuidan, no lo saben.

Yo no puedo expresarme y a veces hablan cosas duras de mí que les perdono, porque tampoco tienen idea que los oigo y comprendo y porque no dudo que soy un estorbo y un incordio. Si supieses cuánto sufro cada vez que me hago las cosas en la cama o en la ropa porque no puedo pedirles que me pongan a hacerlo. De mi garganta solo salen sonidos guturales, más bien gruñidos, que pueden significar cualquier cosa, lo mismo mi deseo de beber, que de comer, que de orinar. Para ellos no tienen más significado que la leve expresión de que aún vivo, no más significativa que mi respiración; que la deglución de esa pasta informe que, triturada por la batidora, es mi alimento tres o cuatro veces al día y cuyo sabor varía muy poco de una a otra vez; que el latido de mi corazón, el breve parpadeo de mis ojos o la expulsión de mis detritus residuales. Ello, pobres, infelices de mis cuidadores, no pueden comprender cuanta vida late en mi mente y cuantos encontrados sentimientos pasan por ella, sufriendo y gozando según las situaciones. Y cuando me tratan como el trasto viejo que estorba nunca recrimino sus actos, pienso que no lo harían si supiesen que entiendo todo y que probablemente sus modos serían muy distintos de saberlo.

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El viejo robleHoy, como tantas veces, vuelve a mi mente el viejo roble de mi pueblo. Mi pueblo es pequeño pero muy bonito. Está entre montañas. No muy alto. Es un típico pueblo de media altura donde no hace ni demasiado frío ni demasiado calor. Algunas veces nieva, no muchas, y generalmente dura poco la nieve. Sin embargo, en verano las tormentas son tremendas, espectaculares, apocalípticas, con impresionante aparato de luz y sonido, en toda su espléndida belleza. Con toda la grandeza y el potencial peligro de sus efectos. Los truenos son terribles. Por la situación del pueblo en una nava y la repetición del eco de monte en monte da la sensación de que no se van a acabar nunca. A mí de niño me daban terror. Luego el miedo desapareció pero siguen causándome un respeto grande y no me agradan. Sobre todo recuerdo una, recién descubierto el roble. Me cogió junto a él y bajo él me refugié. ¡Qué rato más ingrato pasé! Fue terrible, sobrecogedor. Solo, bajo el viejo roble, viendo relámpagos, incendiando de chispazos el cielo, en medio de una tronada impresionante, acompañada de un fortísimo diluvio, de serpenteantes culebrillas previas a cada explosión del cielo, a cada impacto estruendoso de ruido atroz. Duró más o menos una hora que me pareció una eternidad. Cuando se acabó, me desahogué llorando largo tiempo, hasta calmar mi excitación y tranquilizar mi estado de ánimo. Cuando volví a casa, empapado, tiritaba más del miedo pasado que del frío que me producía la ropa chorreando sobre mi cuerpo, hecho un “eccehomo”. Aún veo a mi madre recibirme entre asustada y sorprendida dudando entre echarme una bronca o acogerme a su calor, que fue lo que hizo tras secarme la ropa, cuerpo y lágrimas, que de nuevo me brotaron. Cené antes de que llegase mi padre y me fui a la cama donde me dormí casi instantáneamente agotado por la tremenda tensión sufrida en las últimas dos horas.

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Van a bañarme. Hoy no hay paseo. El día es triste, brumoso, presagia llovizna. A mí no me apetece salir, pero he de conformarme con lo que Pedro, mi enfermero, decida. Y ha decidido que hay que asearme antes de darme el desayuno (esta es la comida que más me agrada porque es la que tiene el sabor más parecido a un desayuno normal, no como las otras donde en la papilla que sale de la túrmix van mezclados los platos que los otros residentes comen por separado), porque le desagrada el olor a mierda que despido. A mí también, pero lo mismo que no puedo avisarle que me voy a ensuciar, tampoco puedo decirle que comparto su asco. Luego, cuando me tenga limpio, me dará cucharada a cucharada la papilla mezcla de café y galletas y me llevará al salón en mi prisión rodante; el carrito.

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En mi memoria encuentro por primera vez el viejo roble. Fue un día que hui de la escuela tras una trastada al maestro “Melenas”.

Era Don Luis un hombre extraño. Todo el mundo le tenía un gran respeto, aunque yo no me atrevería a asegurar que también cariño. Ya era maduro, cuarentón, cuando empecé a recibir sus enseñanzas con mi mandil azul a rayas, y mi mochila a la espalda. Tendría yo más o menos cinco años. Don Luis con sus raras costumbres producía una sensación extraña que me cuesta trabajo describir. Vestía siempre de romano. Túnica larga, sandalias, cíngulo a la cintura y cinta ancha abrazando la frente y sujetando la larga cabellera que le llegaba casi a la cintura. Impecable su rasurada cara. Su vida toda, era la de un romano trasplantado al siglo XX, con la única variación de que su lengua no era el latín, sino el castellano.

La gente del lugar se había acostumbrado a sus rarezas y a nadie producía asombro, ni el vestuario, ni las costumbres, del original solterón. Que por otra parte nadie pensaba que pudiese ser del “otro lado”, pues el comportamiento con sus prójimos era totalmente viril. Yo pienso que su soltería no era debida a misoginia ni mucho menos, sino que no encontró mujer que se sintiese Popea o Mesalina para compartir un hogar latino, con un hombre cuya mente y sentimientos estaban veinte siglos atrás.

Había comenzado a hacer palotes con tinta –ya no se usaba lapicero— y en una de mis mojaduras al tintero este quedó enganchado por su borde a la unión del plumín y el palillero. Medio se volcó la tinta en la mesa y en el entarimado, pues al ser lunes el maestro “Melenas” había llenado todos los de la clase hasta el borde. Intenté limpiar aquél desaguisado con hojas de papel arrancadas de mi cuaderno de escritura y el resultado no pudo ser más desastroso. La mancha de tinta se extendió mucho más por el pupitre, mis manos se tiñeron totalmente de azul y qué voy a contar cómo quedó el cuadernito de marras. Cuando Don Luis se dio cuenta del desastre tomó la regla y tras hacerme extender las manos las breó a reglazos, amenazándome con exigir de mi padre la limpieza del pupitre y suelo manchados, amén de contarle mi aventura. Yo no pude aguantar la paliza y las amenazas de ir a mi padre con el cuento, así que, sin pensarlo, cogí el tintero y se lo tiré con rabia a su bella blanca túnica. ¡Madre, la que se armó! Ya no quiso saber nada más y saltando por la ventana salí corriendo en la dirección que Dios me dio entender y esa fue la del cerro donde está el viejo roble. Allí bajo su protección permanecí hasta que mi padre y algún vecino más me encontraron ya bien entrada la noche. La incertidumbre de mi búsqueda había elevado al máximo la ira de mi padre, ya de por sí tremenda después del relato del maestro y la paliza fue de órdago a la grande, como era de esperar en su lógica excitación.

Con el recuerdo de aquella paliza que rememoro cada vez que el Practicante cura las úlceras producidas por el roce de mi frágil cuerpo contra las estructuras duras del carricoche, pese a tenerle muy cuidado y almohadillado —he de ser sincero y reconocer el mimo con el que generalmente me tratan, producto de piedad y lástima conjuntamente— vuelve a mi memoria ese descubrimiento del viejo roble que ha llegado a ser casi el eje de mi vida y con el que he compartido tantos hechos de ella.

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Es roble está como a unos tres kilómetros del pueblo. He ahí la razón de su tardío descubrimiento, pues cuando éramos chiquillos de calzón largo y abierto por detrás, nuestros juegos se celebraban en la plaza del pueblo, en el atrio de la iglesia o. en los días de verano, en el riachuelo que hay a la salida del pueblo, bajo la alameda que le linda. A su agradable frescor jugábamos al “rescatao”, al “tú la llevas”, a “pídola”, o a cualquiera de los juegos que en mi tiempo jugábamos… ¡al agua! Pero hasta el roble no habíamos llegado nunca los mozalbetes de mis años. Por eso me sentí deslumbrado por el lugar realmente un paisaje soñado por cualquier pintor, siendo desde entonces sitio predilecto de nuestros juegos y nuestras travesuras y desde donde más de una vez llegué con la camisa rota y las señales en el cuerpo, consecuencia de una pelea con cualquier otro de mis amigos por un “quítame allá esas pajas”. El sitio es precioso. El roble está sobre una planicie, en una loma siempre verde. Solitario. En vigía permanente. Aquí o allá brota una roca o un grupo de ellas, redondas, lisas, que dan lustre y contraste al hermoso cerro. Su extensión es lo suficientemente grande como para que pudiésemos celebrar allí partidos de fútbol a nuestro rudimentario estilo. Y muy cerca de aquel verde terreno de juego con la presencia señera del roble, eternamente cubierto de hoja, había un pequeño pino albar, hacia el norte, no más lejos de cien metros. Hacia el oeste un enorme encinar. Eran lugares idóneos para escondernos en nuestros juegos o cuando tras alguna de nuestras picias éramos perseguidos por los damnificados. Pero sobre todo, aquel era el campo de fútbol de todas las tardes, cuando finalizada la escuela y con la merienda en la mano, veníamos corriendo a echar el partido. Siempre bajo el mismo ritual: primero hacer la pelota con papel, si era de estraza mejor, atándola fuertemente con cuerda de esparto para que estuviese dura y alcanzase el final del mismo lo más entera posible, pues su duración solía ser de horas ya que se estipulaba a un número de goles determinados, diez quince, veinte; después había que hacer los dos equipos repartiendo los jugadores lo más parejos posible, y para ello, entre los considerados más destacados se echaban a pies, eligiendo el vencedor primero para que el otro siguiese, alternando ambos, el turno.

La siguiente etapa era hacer las porterías, eligiendo o bien dos rocas salientes o dos piedras grandes, que eran los supuestos postes de las mismas y que se cubrían con las ropas sobrantes de los jugadores, eso sí, medidas, a pies también, por el más desconfiado, para que ambas porterías tuviesen idéntica longitud.

Después se celebraba el partido, que a veces se interrumpía cuando no había luz y todos volvíamos al pueblo ente chanzas y puyazos de los vencedores y el enfado más o menos disimulado de los vencidos.

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Hace un rato que Pedro me ha dado la comida.

Pedro es un gran muchacho. Merece otro trabajo más digno que el de quitar mierda y tratar esos despojos humanos que somos mis compañeros y yo. Aunque bien es verdad que si todos fuesen como él, nuestra vida — ¿vida? — sería algo más soportable y digna.

¡Dios le pague tanto celo y cariño como pone en esta desagradable misión! Jamás se va Pedro sin darnos, a los viejos a su cargo, un piadoso golpe de afecto o una frase de deseo de pasar un buen día. Incluso a mí, aunque él cree que no me entero de nada.

Debe ser tarde ya, porque el turno de nuestros cuidadores ha cambiado. Por la luz del día no puedo orientarme pues sigue tan brumoso y triste como cuando me levantaron. Con mis duermevelas estoy siempre desorientado.

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El viejo roble ha vuelto a la memoria. Es el día del sorteo de quintos. Un rito que se produce cada año matemáticamente. Un día en el que sale a relucir el salvaje que cada ser humano esconde en sus entrañas. Día en el que todo el mundo encuentra normal que se haga el bestia. Si porque ha tocado la Península, como porque se va de recluta a África. Y como todas las fiestas de nuestros pueblos, hay que regarlas abundantemente con vino de la tierra, que paradójicamente ofrecen todos los vecinos, cada uno de su propia cosecha, y la mezcla acaba siendo explosiva en medio de la euforia que el día lleva consigo y la colección de litros de alcohol trasegados. Ese año me tocó a mí entrar en la vorágine del absurdo. Hicimos todas las burradas aprendidas de los mozos precedentes y las que nuestra fértil y prolífica imaginación nos iba proporcionando, mientras fuimos capaces de sostenernos firmemente en pie, antes de empezar a caminar abrazados, que es el recurso que se utiliza cuando las piernas empiezan a flaquear. Eso sí, todo rodeado de gritos y vivas a la quinta del año en rigor, de canciones locales o de las más populares del momento. En aquella época Angelillo era el cantante de moda, por lo que sin proponérselo nos acompañó en nuestra llamativa alegría. Entre las barbaridades que cometimos, una fue tapar todas las cerraduras del pueblo con engrudo de harina; otra, la de prender, a la salida de la Misa reglamentaria, todo el arsenal de fuegos artificiales que estaban guardados bajo la escalera de piedra del Ayuntamiento para ser disparados por la noche, con el natural susto de los asistentes al acto religioso y la voladura de la mitad de la escalera. Fue el recuerdo original que dejamos para el futuro los mozos de mi quinta. Al alcalde, sin duda, aquello le sentó bastante mal, pero tuvo que tragarse su disgusto y el pensamiento de lo que le costaría la reparación, muy a pesar suyo… era el día de quintos.

Llegó un momento en que ya no quedaban neuronas pensantes ni fuerzas para continuar.

Mi consejo —aún era capaz de hablar aunque con lengua de trapo— de irnos a terminar la juerga bajo el viejo roble cayó bien entre la barahúnda de borrachos, quintos algunos y agregados los más. Así, de mala manera, entre traspiés, tropezones, bandazos, abrazos, alguna que otra vomitona, acabamos por llegar en pequeños grupos hasta la explanada verde del roble donde caímos extenuados y sudorosos, para acabar bajo su tutela durmiendo la horrible “mona” la mayoría de los alborotadores, descamisados, medio desnudos física y mentalmente; entre el regocijo de los que todavía estaban a medias tintas.

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carritoHe dormido un buen rato plácida y profundamente, como hacía muchos días que no me ocurría. ¿Habrán sido los efluvios alcohólicos del recuerdo los que me han hecho dormir?, lo cierto es que mi sueño ha sido anormal, por bueno.

Acaba de comenzar el movimiento que indica que nos van a servir la cena. Esta maniobra es más lenta que la del mediodía, porque hay menos enfermeros por la tarde que por la mañana. A mí habitualmente me toca de los últimos. Soy un estorbo silencioso que no protesta como otros vejetes que no les queda otra ilusión que la de comer y se pasan el día mirando ansiosamente el reloj, como si su contemplación acelerara el movimiento de las manecillas y acercara el momento del placer de la gula que les domina. ¿Por qué extraño fenómeno los viejos estamos tan obsesionados con la hora? ¿Será por miedo al final de la vida o por el deseo, a mí me ocurre, de que la muerte me llegue pronto, si es que todavía no estoy muerto?

A veces tengo disquisiciones filosóficas sobre la vida y la muerte y encuentro tantos contrasentidos en mi propia existencia que en seguida los abandono porque ninguna solución hallada sirve para satisfacer mis deseos y sentimientos.

¿Qué es la felicidad? ¿Dónde se encuentra? ¿Cómo se consigue? ¿Hasta dónde alcanza? ¿Quién es más feliz, el que proporciona felicidad o el que la recibe? ¿He sido alguna vez feliz? Así hasta el infinito. Pero ni una sola vez encuentro claridad anímica, ni en mi pasado, ni aún menos en el presente, porque futuro no tengo.

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¿Se acordará Ramona, esté donde esté, de nuestro primer beso en el viejo roble?

Acababa de empezar la guerra y yo recién regresado del Servicio Militar volví a ser llamado a filas casi sin haberme despojado del uniforme para volvérmelo a poner. Era Agosto. Hacía ese calor pesado, duro y seco que las gentes del campo conocemos a la perfección. Ni una ligera brisa era capaz de mover una de las hojas del viejo roble que, impávido en su estar, iba a ser testigo de nuestra explosión amorosa. Habíamos celebrado un nuevo día de quintos, aunque la alegría desbordante del día del sorteo quedaba ensombrecida por la trágica nube de la guerra que desde hacía más o menos un mes obligaba a matarse hermanos contra hermanos, estimulados por el odio irreconciliable de algunos ante la imposibilidad de los más que nos veíamos arrastrados a aquella hecatombe sin arte ni parte y sin querer comerlo ni beberlo.

Como en ocasiones anteriores el vino había corrido con prodigalidad, ahora quizás para acallar nuestro miedo, que en la euforia del beodo quedaba disimulado a los ojos de los otros que no a los nuestros. Nos habían acompañado a la orgía las muchachas, contagiadas de ese ambiente espeso que dominaba y el que más y el que menos, había compuesto su pareja de evasión con la chica que mejor le caía.

Así cogí de la mano a Ramona y entre carreras y descansos, risas y suspiros, respiraciones agitadas y algún que otro sosiego llegamos los primeros al viejo roble.

El alcohol, la densidad ambiental, la emotiva jornada, el deseo de la gente joven salió a la superficie y uno y otro sin cruzar una sola palabra entregamos en la boca del otro toda la pasión que el amor había engendrado en ambos. No hizo falta nada más.

No nos enteramos de la llegada de los demás en aquella loca y desenfrenada carrera al viejo roble. Ramona y yo extasiados, en silencio y deleitándonos en el recuerdo del profundo y largo beso sabíamos ya, que si la guerra no rompía el acuerdo, seríamos marido y mujer.

Lo demás no importaba. Se había sellado un pacto de amor. Aún tuvimos tiempo para más viajes, mucho más sosegados que éste, hasta el viejo roble, que fue nuestro silencioso padrino de amor, en tanto no fui requerido para ir al frente.

Pero ninguno tan recordable, tan entrañable, tan sincero, espontáneo e ilusionado aquel que vuelve hoy a mi memoria.

Luego fui a pelear sin ganas y hasta varios años después no fue posible cumplir con aquel beso. Pero… ¡Fue tan hermoso!

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Va a acabarse el día. He sido puesto en la cama para reposar. ¿De qué? ¿Dormiré? O será una noche más de las múltiples en vela. Quizás hoy duerma porque al fin he conseguido tener un día de felicidad integral. He descubierto que la felicidad está en nosotros mismos y nadie nos la puede proporcionar. Ayudar a encontrarla, sí, pero dárnosla, no.

Mi repaso a los recuerdos del viejo roble con los que hoy he vivido intensamente, ¡por fin!, han colmado mis ansias espirituales y no he tenido tiempo de renovar mis dolores físicos ni mis imposibilidades de relación con mi entorno. ¡Ha sido tan bello el día!

Pienso que hoy voy a dormir a pierna suelta y quizás soñar con el viejo roble. ¿O esto que me ha ocurrido ha sido todo sueño?

Me da igual, sueño o realidad me han convertido en un ser feliz. El paso de mis juegos infantiles: el ir a nidos, jugar a la toña, el zurriagazo por detrás, la picardía de las prendas; mi juventud llena de ilusiones y esperanza; la realidad de mi hombría de bien, como padre y esposo hasta la tristeza del accidente que me sepultó en vida, han sido retazos que me han elevado a cimas insospechadas. Merece la pena vivir toda una vida por tener un día como el de hoy.

Voy a dormirme. Siento pesados los párpados. ¿Habrá terminado mi ciclo vital? No me importa. Si es así, me gustaría que se realizase mi mayor deseo, absolutamente irrealizable por demás: que me enterrasen bajo el viejo roble. Unido a él, bajo su sempiterna vigía, pasaría de la felicidad a la eternidad.

 

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