Memoria de Beatriz

Era otro tiempo, entonces. Queda el recuerdo, vivido, del hombre en el caballo, bajando del caballo, nos queda aquella estampa, el hombre en el caballo, el sendero, la tarde. Quedan después más cosas, pero de qué manera comprender la verdad, que nada importa más que lo primero. El hombre en el caballo. Que de ahí nace todo. O bien fue antes.

No nos queda Beatriz. Ella, tan sola, tan sola se ha quedado que ni siquiera existe. Tenemos aún la casa, pequeña aún entre los altos álamos, destacándose aún en el cerro azul, tan limpia aún como lo era entonces. La casa con los muebles, la mesa solitaria, la encina grande, oscura y ya sin vida, según dicen. Imaginar el pueblo en ese tiempo es imaginarla a ella, pues el pueblo era ella, la lluvia y los montes, los álamos, las casas, el agua libre y nueva del arroyo. Todo eso nos queda, sin Beatriz, reclamándola. Imaginar a Beatriz inclinada al orégano, al tomillo, a la lujuria inocente de las hierbas (estramonio, alhucema, yerbabuena o hinojos, yerbaluisa, romero, o helechos, o raíces), o allí en la vieja encina, entonando canciones a septiembre, o el fuego, junto al fuego, desbocado y feliz en las noches de junio…

memoria de beatriz(Fue una tarde reseca de agosto cuando mi primer conocimiento de la señá Beatriz. Vivíamos, padre, madre y yo, y María, mi hermana, en la cabaña vieja. Padre cuidaba un monte de olivar, y yo ayudaba. Debería ser a los ocho o siete años cundo caí malo. En el agosto aquel, que se metía en los huesos y más, reverberaba en las piedras, la tierra ardiente, las chicharras.. El sol como de plomo, y el olivar de humo, y el barbecho quemándote los pies: caí malo, sudando. Llorando mi padre y era menester llevarme no sé dónde, llorando mi madre y rezándole a Dios, mi hermana a mi lado. Una mañana, padre cogió el borrico y me puso con cuidado en las andas. Despacio, sudando él también, el sol allá en lo alto, y la calor con nosotros, y el silencio de agosto, tomamos el camino que sube al cerro azul, yo quieto en el borrico, la manta por encima, y el frío extraño y el dolor aquel pegándome en las sienes. Recuerdo los olivos, la trocha polvorienta, los lagartos al sol de aquellas rocas. Luego fue un álamo, y otro, y una encina renegra, grande, y una casa, ya antigua, como tantas del pueblo, hecha de cal y años, solamente. Padre llamó de voz y salió una vieja. Señá Beatriz, dijo mi padre, Señá Beatriz, una mujer cetrina de cara, no muy alta, vestía de negro o gris, y ya no recuerdo, Señá Beatriz, que tengo al zagal malo, cúrelo usted, que puede, sabe hacerlo. Me llevaron adentro y la mujer me llamó por mi nombre suavemente. Adentro era algo extraño: la oscuridad, los libros, los cacharros y el olor a albahaca llenando el aire. Señá Beatriz preguntó, no sé, cosas, a mi padre y a mí, el sudor, cuánto tiempo, el malestar pesado en la cabeza… Algo colgó en mi cuello, una medalla, y alcanzó algunas hierbas, dióselas a mi padre. Después rezaron el padrenuestro entrambos y nos fuimos. Yo curé mis males, y el agosto se fue, y así, los años…)

La mujer se inclinaba ágilmente entre los bajos chaparros, las encinas cansadas, los guaperos. La mancha negra y móvil que formaba en la tarde, en el cerro, al borde del barranco, se distinguía nítida, recortando el violeta y el suave carmín del horizonte. El sol se iba. La mujer, una anciana, caminaba despacio, segura en la vereda, silenciosa. Una vez miró atrás, a donde la casa, ya fuera las estrellas, y sonrió en silencio con los oscuros ojos. Otra vez se detuvo y observó la noche que llegaba, escuchó una lechuza y reanudó el camino. Después fue nada, una nota ambigua entre los árboles.

La mujer, ya la noche, llegó a una vieja encina con las sombras, paróse junto al tranco y observó el cielo azul, estrellado y sereno como un mar oscurecido. Después los cerros, las trochas, los caminos, el pueblo adivinado entre los álamos, el canto de los grillos. Con lentitud suprema dejó en el suelo el pequeño haz de leña que llevaba, junto al tronco firme y solitario, y apiló con manos sabias las ramas sarmentosas, resecas y sin vida. Dio fuego. El silencio, acentuado por el cantar de brillos, se vio roto en mil chispas, crepitaciones sordas de hojas secas, astillas, bellotas reventadas. Poco a poco la llama prendía en los delgados troncos, lamiéndolos y amándolos en una danza íntima y nerviosa.

La mujer dormía en sus mil arrugas milenarias, dulce su sonrisa, las rodillas en tierra, con los ojos mirando fijamente el infinito, iluminado es rostro por el fuego, roto en cien rostros distintos, amarillos, y rojos, y albiazules. Así el tiempo se fue, inamovible y eterno, las horas, los retazos oscuros de las sombras. En un instante incierto la mujer izó el rostro, cerró los fijos ojos y movió con majestad pausada los brazos hacia arriba. El fuego se hizo hoguera y los grillos callaron al unísono. Una estrella brilló con luz de niebla y los labios cantaron quedamente, rezaron con susurros, besaron el viento inexistente, las encinas, los cerros, el silencio. Los brazos de la mujer recogieron una forma sutil, una caricia mágica hacia el pecho y el silencio fue roto limpiamente, de pronto, por los grillos, por millones de voces subterráneas, en un himno silvestre, antiguo, indescifrable, hacia la vieja tierra, las estrellas, los campos, hacia el amor oculto de la noche.

 

(Existían ciertas leyendas, o mitos, o ceremonias de raíz indiscutiblemente mágica con las que puedo apoyar mi proyecto. Hoy en día quedan pocos vestigios, quiero decir vestigios materiales, “de carne y hueso” reales. Bueno, ya creo que te hablé de esos signos extraños en algunas lápidas del cementerio, de la figura del “jabalí rampante” –como yo lo he llamado—en las losas y las piedras más antiguas. También te he hablado de la hermosa costumbre de los niños, mediado febrero, de encender grandes fogatas al pie de las encinas, en el monte, y de cantar esa canción rarísima de la que ya te he transcrito la letra. Según las más viejas, el tomillo es la hierba sagrada: sirve para todo, para el dolor de muelas, para las fiebres, el reuma, buscar novio o cortar de raíz una diarrea. Existen otras cosas. Pero de todos modos quiero decirte que hay “algo” que flota en el ambiente, algo extraño y remoto y que yo percibo alguna veces.

Estoy ilusionado con el trabajo, deseoso de investigar, de concentrarme en él. Tú ya me conoces –eres mi mejor amigo— y sabes la locura que me entra cuando algo me interesa de verdad. ¿Recuerdas el año pasado en la universidad, cuando me dio por investigar las posibles relaciones entre Lovecraft y los rosacruces? Es algo así y aún más, pues esta es mi tierra y por ello todo lo que en ella existe, sea claro u oscuro, misterioso o evidente, me pertenece.

Ayer estuve dado una vuelta por el campo, cerca del pueblo. El ambiente, ya sabes a qué me refiero, no me lo reproches: para mí, el ambiente es lo que me rodea tamizado por mi manera de ver las cosas y por algo más que no sé qué es-era completamente céltico: montes verdes, caminos antiquísimos, perdidos en la hierba, encinas, viejas y desnudas y piedras. Pero esto, claro, es anecdótico, y te doy la razón si me indicas que con ello no voy a ninguna parte. Necesito pruebas, datos, hechos auténticos. Como siempre. Ya te informé en mi anterior carta, de pasada y sin detallarte nada, cómo he empezado esa investigación por el archivo de la parroquia del pueblo, con el permiso lógico –y extrañado, créeme— del señor cura. El archivo es pequeño y polvoriento y se remonta al año de 1.631, del que constan algunas cosas sin importancia. Es a partir de 1.687 cuando el asunto toma otro cariz: en un viejo legajo polvoriento y húmedo –y no es literatura– encontré el texto que te adjunto a ésta. No te lo he copiado literalmente porque sé de tu horror a las parrafadas retóricas. Tienes razón, no hay quien las aguante, pero también encierran un cierto encanto. Te figurarás mi gozo imaginándome en la pequeña sacristía de la vieja parroquia, una tarde de invierno, leyendo por vez primera esas líneas que te envío, recreándome en la figura de esa tal Beatriz, divagando… ¿Sufriría Beatriz realmente el castigo que tan burocráticamente nos indican esas líneas? ¿Quién era, en todo caso, esa mujer? Bueno, como ves, ya es algo. Ahora sólo me queda trabajar, investigar el tema más a fondo.)

Los niños la querían. Posiblemente nadie recuerde ya aquella sonrisa leve y encendida con que los recibía cuando volvían de la amiga y pasaban, errantes, por su casa. Ningún niño se asustó de ella, ningún niño huyó de ella. Más bien al contrario. Y muchos de aquellos pequeños, inocentes y sucios, se libraron de la muerte o de la enfermedad gracias a sus cuidados. ¿Pero qué cuidados? ¿Qué magia especial tenían aquellos dedos sarmentosos, ágiles aún, largos y delgados, acariciando las peladas cabezas de los chicos, examinando delicadamente una herida, una hinchazón maligna o una frente? Recordamos su voz ronca y extraña, oscura, indescifrable, su vestido negro, sus mil un raros cacharros que se apilaban en la casa, los rincones de la cocina, el vasar de la chimenea, la mesa, los armarios: libros viejos, trébedes, antiguas damajuanas, barajas incompletas, relojes, espejos de mil formas, hierbas en todas partes, jarras, bronces y piedras, grises piedras sin orden aparente, lápidas talladas, milenarias rocas donde el musgo y los siglos habían dejado su huella para siempre. El fuego siempre a punto y el aroma a albahaca descansando su alma en las esquinas de la casa.

Por la tarde, en la hora exacta del crepúsculo, salía solitaria hacia los montes, perdíase lentamente en los caminos, en las sendas de cabras de la sierra, por los barrancos y las hondonadas, buscando lo ignorado, lo que nunca sabremos, el secreto que Beatriz se llevó, que le quitaron y al cabo nos quitaron.

(Muchas veces pregunté en el pueblo quién era aquella vieja, por qué vivía tan sola, de que se mantenía o qué ocultaba. A lo largo de ese tiempo tan solo averigüé que era bruja, sanadora de enfermos o echadora de cartas, y su fama repartíase entre el Bien y el Mal, según quién informaba. Verla la vi bastante, pero siempre de lejos, y tan solo una vez pude ver sus acciones, lo cual cuento ahora como historia curiosa de mi pasar por esa tierra de monte confinante con Cazalla y que da puerto franco a Extremadura. El hecho fue una tarde muy triste en la que dimos tierra de Dios al cuerpo de una niña, criatura de seis años, que murió de mal infeccioso en la sierra, donde vivía malamente en la choza de sus padres. Juro por Dios no haber cosa más triste en el mundo que el entierro de un infante, y más cuando entre gente campesina e ignorante, y pobre y miserable. Todo el pueblo acudió al triste enterramiento, y bien recuerdo ahora la cajilla celeste en brazos de los deudos, los lloros y quebrantos, camino del cementerio y la historia final de la jornada. Pues el caso es que fue que ya dábamos tierra al cuerpo de la niña cuando apareció de súbito la susodicha vieja, y bien noté yo el cambio, pues callaronse todos y todos la miraron. Y ella nada hizo, sino llevar su camino donde el cuerpo reposaba y allí quedarse quieta y después de corto rato en que rezó o hizo muestra de hablar muy quedamente, sacar algo del zurrón que portaba y echarlo con gran pausa hacia el negro agujero, y después irse. Quise yo averiguar qué era lo que echara, pero no me dio tiempo, pues ya el sepulturero enterraba la niña y más, tampoco nadie parecía querer averiguarlo.

“… Los procesos comienzan por delación, o noticia equivalente a ella, cual es la que da por incidencia una persona que hace declaración jurada en el Santo Oficio con motivo diferente. Si los inquisidores no hicieran caso de las delaciones anónimas, y si los que las hacen con firma se les intimasen las penas de falso calumniador, no habría la centésima parte de procesos; pero de todas se hace aprecio.

Cuando la delación tiene firma, se recibe al delator declaración jurada en que se le hace manifestar todas las personas de quienes sepa o presuma que pueden tener noticia; se les examina, y las declaraciones de aquel y éstas forman lo que se llama “información sumaria”.

Las delaciones se multiplicaban en las temporadas del cumplimiento de los preceptos de confesar y comulgar por la Pascua de Resurrección, a causa de que los confesores imponían esta obligación a los que decían “haber oído, visto o entendido cosa que fuese o pareciese ser contra la fe católica o contra el libre y recto ejercicio del tribunal de la Inquisición”. Esto era consiguiente a los edictos que se publicaban en los domingos de cuaresma, el uno intimando la obligación de delatar dentro de seis días, bajo la pena de pecado mortal y de excomunión mayor, en que incurrían por el hecho de dejar pasar los seis días sin cumplir el mandato, y el otro declarando incursos en ella a cualesquiera que se hallasen en el caso contra los cuales se pronunciaba horribles anatemas.

Formado el concepto de que los hechos o dichos delatados eran dignos de inquirir sobre su certeza, y recibida del delator declaración jurada con las circunstancias indicadas, se examinaban los testigos indicados como noticiosos, y a todos se hacía prestar juramento secreto. A cada uno se preguntaba en general si habían “visto u oído cosa que fuese o pareciese ser contra la fe”.

Cuando el Tribunal ve la “información sumaria” y encuentra en ella méritos de pasar adelante, dirige a los otros tribunales de provincia una carta, para que si hay algo escrito contra el delatado, lo remitan para acumularlo, cuya diligencia es conocida en nombre de “recorrección de registros”. Hacen sacar en papel separado las proposiciones sospechosas que los testigos dicen haber pronunciado aquél contra quien se procede, y si cada testigo las indica con distintas palabras las repiten como si fueran proposiciones pronunciadas en diferentes ocasiones.

El dictamen que dieren ha de regir el modo de proceder en la causa contra el denunciado, hasta el estado que se dice “plenario”, en el cual se les comunicará todo con lo que haya ocurrido de nuevo capaz de confirmar o reformar el dictamen dado en “sumario”.

Hecha la “calificación”, el fiscal pide que el denunciado sea preso en las “cárceles secretas”. Tres son las clases de cárceles del Santo Oficio: públicas, secretas y medias.

A los tres días inmediatos de llevar un procesado a la cárcel, se le dan tres audiencias, nombradas “de moniciones”, porque se le amonesta que diga la verdad en todo y por todo, sin mentir ni ocultar nada de cuanto haya dicho o hecho, o sepa de otras personas contra la fe, prometiéndole que, si lo hace así se usará de piedad para él, y si no se procederá en la causa conforme a justicia.

Lo peor y más horrible es que, aun cuando el preso haya confesado en las tres audiencias “de moniciones” tanto o más que habían declarado los testigos, el fiscal concluye su pedimento de acusación diciendo: que a pesar de las amonestaciones que se le han hecho de que dijese la verdad y que se usaría de piedad y misericordia con él, se había conducido negativo y “confitente diminuto”, dando pruebas de estar impenitente y obstinado en negar sus culpas, por lo cual pide que el reo se puesto en cuestión de tormento”

Fragmentos diminutos de miradas, recuerdos, vaharadas del pasado, la casa, el tallo verdegris de alguna planta, la memoria fugaz de alguna estrella, el dolor como un mito manteniéndose dulce tras la carne, silencioso, oscuro tras las sombras, fuese el tiempo, las horas, las palabras, el caminar despacio entre la hierba, las cálidas noticias que la lluvia traía en algún invierno, las cartas en su ritmo de tiniebla y de azar, las nubes tras los cerros, la música girando en espiral de notas ancestrales, los brazos maniatados y la sangre resuelta, inacabable, putrefacta, impura sobre el suelo. Recuerdas sin vivirlos muchos rostros, y manos, y cabellos, y labios que se alzaron, sentenciaron, mataron, y besaron sin rabia y sin amor, y sin mentira. El plato de comida, la cena, el fuego sin ganar la soledad del aire, los viejos troncos quemados, retorcidos, negruzcos, con un aroma fétido y sacrílego como tus mismas manos, como tú mismo cuerpo maloliente, así los días sin fin, el verde bronce y roto de los muros, la presencia del frío pulsándote el cerebro, la no muerte, el silencio. Acaso gritar tan sólo sea en el sueño, la pesadilla fiel de todas las horas, descanso apresurado, roto, extraño, negativa angustia como inútil contraseña, o nombre del deseo. Vuelve el toro furioso, los punzantes latidos, el veneno sin fin que codiciaste, amargo tras las venas, las arterias, los nervios desbocado, insomne soledad hacia el centro la esfera, el cerroazul, el vómito imposible-impetuoso como un torrente pútrido en las losas, viscosidad amarilla, verde, roja, dolor acariciándote, besándote, mordiéndote en la frente, la espalda, con un fuego sagrado, como un fuego sagrado, diabólica delicia o látigo infinito que no cesa.

(Yo me acuerdo de aquellas tardes en que la señá Beatriz ponía la silla de enea al lado de su puerta, justo después de la comida y se sentaba allí, y allí estaba, más quieta que una piedra, y bien callada. Era siempre en invierno, cuando salía el sol y las comadres volvíamos de la fuente con el cántaro en andas y nos gustaba darle un poco a la lengua por esos caminos, sin hablar mal de nadie, Dios nos libre, entreteniéndonos tan sólo con la cháchara. Pasábamos al lado, Señor, casi a la vera misma de la silla, y ella, como si el viento fuera, nada hacía. Entonces nos callábamos, porque señá Beatriz será bien lo que sea, y yo no entiendo, pero sí imponía, y más de una debíale algún favor, que si el zagal muy malo, o las tercianas, o echar alguna vez las cartas, o un maligno espantado, el mal de ojo, así que nos callábamos y cogíamos de largo, y sola la dejábamos. Pero una vez no pude contenerme, iba yo sola y tras pasar como siempre por su lado me encontré con un chopo y me escondí en el tronco, yo inocente, Señor, sin malicia ninguna, pues como dije iba sola y fue por no aburrirme, y tal, que la observé muy bien durante un rato, Jesús, María y José, qué bien me acuerdo, no se me olvidará por mucho que me quede ser viuda. Así que me puse tras el chopo y las zarzas, que eran allí espesas y ocultaban y me dio por mirarla y cuidarme muy bien de lo que hacía. Y lo malo era eso, que hacer no hacía nada, y ni un brazo movía, tanto como una muerta que me asusté de pronto, me hice cruces, pero seguí mirando. Y ella en la silla, sin mover no ya un brazo, ni siquiera un pliegue de la falda, la ropa, un dedo. Señor, qué cosas, y los ojos abiertos, bien abiertos, Señor, que los tenía, sin moverlos tampoco, y escudriñando el sol con la cabeza alta. Así estuve un buen rato, viendo aquellos milagros, pero de pronto, de pronto me di cuenta de una cosa. Señor, que no es para contarla, sino para verla a lo vivo de verdad, y no miento. Fui fijándome bien en la señá Beatriz, pues yo algo notaba, algo raro, una cosa. Y bien que me di cuenta, pues había una cosa lechosa, Señor, como calima o niebla, o flama, alrededor de ella, sobre ella, al costado, y abajo, y cercándola entera su figura. Por estos ojos lo juro, que lo vieron muy bien, aquella nube alrededor de ella, blanca y espesa, bien visible si alguien se fijaba. Me dio un sobresalto del susto que me entró y eché a correr. Y ahora lo cuento, más bien por desahogarme que otra cosa.)

El hombre desmontó del caballo sin prisa, diríase que saboreando placenteramente la expectación silenciosa que su llegada había ocasionado entre la gente que se agolpaba curiosa en la calle. Era un hombre moreno, bajo de estatura, bien formado. Vestía ropa arrugada, ajada pero de buena calidad y con un extraño aroma eclesiástico en los pliegues de la negra capa, el bonete, la amarillenta gorguera. Sus altas botas resonaron en el pavimento acentuando aún más el silencio inquisitivo de los campesinos, las mujeres y los asustados niños. Indiferente, como si nada de aquello fuera con él, izó la manta que cubría las ancas del caballo y entresacó una bolsa de cuero negro y brillante por el paso del tiempo. Sin decir una palabra, ofreció las riendas del animal a uno de los presente y echó a andar apartando con la mirada a los curiosos. Poco a poco, con una exactitud medida y exasperante, se perdió en la tarde, camino de la iglesia, dejando su misterio entre la gente.

memoria de beatriz(El proceso fue corto. Según lo que he podido conocer, nada había a favor de aquello pobre vieja, excepto el testimonio inútil de unos cuantos cabreros, de unas cuantas mujerucas de aldea, testimonios fáciles de acallar por dos o tres firmas de prestigio que necesitaban víctimas para conservar de mala manera sus posiciones en el Santo Oficio, que necesitaban a toda costa justificar el puesto que ocupaban. Salieron a escena sus desvaríos, su eterna soledad como poder maléfico, sus conjuros y brujerías que proyectaba ignominiosamente sobre los niños, los enfermos, las embarazadas… Te expongo ahora los cinco puntos básicos en los que se apoyó la acusación del Santo Oficio para condenar a la vieja:

1) Que Beatriz Galindo, mujer de edad desconocida, practicaba costumbres contrarias a la fe verdadera, teniendo presumiblemente tratos con las fuerzas del Mal.

2) Que utilizaba en sus insanos conocimientos hechizos y encantos para deteriorar o destruir la salud física de sus convecinos.

3) Que realizaba lecturas prohibidas de libros ignorados, tales como la famosa “Historia de Endovélico”, de autor desconocido, o el “Negronomicón”, de Abdul Alhazred. Tales libros fueron encontrados en su casa, junto con otros de la misma clase, siendo quemados públicamente en la plaza del pueblo.

4) Que las maléficas prácticas de dicha mujer eran un evidente peligro para el buen estado de las almas de sus convecinos en la fe católica, única verdadera.

5) Que, habiéndosele exhortado que negara estos crímenes o se defendiera de algún modo, la mujer no contestó, manteniéndose en completo silencio durante todo el proceso.

Bastante tiempo me ha llevado reunir estos datos, pero lo doy por bien empleado, naturalmente. ¡Ah! Es curioso cómo, por mucho que investigaron los acusadores, no lograron saber la fecha exacta del nacimiento de la mujer. A eso hay que añadir que en ninguno de los papeles que se conservan sobre el proceso he podido encontrar la fecha exacta de su muerte en las cárceles de la Inquisición. Lo cual, como te digo, no deja de ser bastante extraño).

 

… El tiempo nos acusa, nos marca, nos condena a vivir sin principio, ni fin, a no ser nada salvo memoria de los otros, los que antaño vivieron, nos amaron sin vernos, nos crearon y ahora viven ocultos tras las sombras que nuestras propias vidas les ofrecen. El tiempo es el misterio, el verdadero enigma que nos hace vivir, morir y renacer, fatalmente entregados a las cosas. A veces una piedra, o un árbol, o una nube, a veces la presencia extraña de algo nuevo que conocemos nuestro, siempre vivo en nosotros, y sin ello no somos, y no fuimos, nos une, nos devuelve la auténtica verdad que poseemos sin saberlo. Pues el hombre no existe sino como sombra viva de otros hombres, de otros rostros distintos, de otras vidas que lentamente fueron disolviéndose, convirtiéndose en árboles, pájaros y rocas, y nubes, y montañas, y en tierra germinal de nuevos hombres. Nos queda la memoria, el retrato indeciso, la oscura sensación de no ser nuestros, sino de aquellos otros, los que en nosotros viven y seguirán viviendo en el futuro. Así, Beatriz se fue y permanece en nosotros, su sombra, su presencia certera, vivida y extraña, como conciencia feliz de que existimos. Y hemos de aceptarlo, sentirnos lo que somos, la sombra, el fantasma, el recuerdo de Beatriz, su memoria.

 

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