El indulto (Reinando Isabel II)

Autor: Manuel y Félix Atalaya

Hace años, durante mi última visita a Italia, tuve la suerte de alojarme en la villa de Beatriz H. Ristori, una venerable y simpática anciana. Desde el jardín, algo descuidado pero con un poderoso atractivo a la hora del crepúsculo, se dominaba por completo ese milagro de la naturaleza que es la bahía de Nápoles. En él dejaba pasar mis tardes, en compañía de un buen libro, hasta que la luz no me permitía ya su lectura.

Algunas veces escuchaba el paso vacilante de mi anfitriona, y el ruido característico sobre la arena del bastón que le servía de apoyo. Al llegar a mi lado daba las buenas tardes, e indefectiblemente se sentaba junto a mí, dando un suspiro, después de preguntarme si había dejado de leer. Y entonces hablábamos; hablábamos de España, de Francia, de Alemania… Viajera infatigable, de una gran cultura y de extraordinaria memoria, su conversación era un recreo. Hasta tal punto lo era, que yo prefería cerrar los ojos y escucharla, en vez de contemplar el espectáculo hermoso del mar azul recontándose en la bahía.

El indulto - Nueva Acrópolis

La actriz Adelaida Ristori interpretando el papel de Isabel, reina de Inglaterra.

Una de aquellas tardes la simpática viejecita traía asido fuertemente, estrechándolo contra su pecho, un alargado estuche de terciopelo rojo.

– ¿Ha concluido ya la lectura?

La ayudé a sentarse junto a mí, y mostré mi libro

– Vea…: “Historia de España”. De vez en cuando me gusta recordar cosas de mi patria.

Sonrió, un poco sorprendida.

-Amigo mío, precisamente hoy, sin buscarlo, al arreglar un viejo bargueño en el que guardo mis recuerdos más entrañables, he dado con uno de su bella tierra. Fue de mi madre. Lo he traído conmigo para mostrárselo.

Abrió con mano temblorosa el ya un poco deslucido estuche. En su interior descansaba una pluma de metal dorado simulando una de ave. A su lado, plegado en varios dobleces, había un alargado papel blanco que ya amarilleaba.

-Mi madre, Adelaida Ristori, que como usted no ignora fue una gran trágica, se encontraba trabajando entonces en Madrid, en el Teatro de la Zarzuela, que justamente un mes antes había sido inaugurado.

Y al sorprender en mis ojos una muda interrogación añadió:

-Lea, lea usted ese pliego, amigo mío.

Desdoblé el papel y leí en voz alta:

“Guarda esta pluma como recuerdo de la noche de ayer, que no olvidaré nunca, en la que supiste triunfar como actriz, siéndolo, y como madre, sin haberlo sido” y firma: Isabel.

Alcé la cabeza y la miré. Ella me sonreía.

– ¿Sabe quién escribió eso? …: una reina de España. Aún. faltaban muchos años para que yo naciera, pero escuché a mí madre referir tantas veces el hecho, que hoy voy a tener el gusto de narrarle este trozo de Historia…, de esa Historia de España que usted estaba leyendo. Hizo una leve pausa para suspirar; y luego agregó: Porque, mi querido amigo, la historia de un pueblo es también la historia de sus hombres y sus mujeres. En sus hechos, en sus gestos y costumbres…, incluso en sus anécdotas y frases pintorescas puede estar el espíritu de un país y de una raza. Porque, en definitiva, el ser humano es un puñado de la tierra en que ha nacido; un trozo del suelo de su patria.

Como solía hacer, cerré mis ojos y me dispuse a ver en mi imaginación lo que la voz suave de la octogenaria iba sugiriendo lentamente…:

– Ocurrió en septiembre de 1.857. La magnífica sala del Teatro presentaba aquella noche un aspecto brillante. Su Majestad Isabel II y el presidente del Gobierno, general Narváez, habían congregado a su alrededor a los intelectuales, la aristocracia y los magnates de la corte. En función de homenaje a mi madre se representaba la versión que de Medea había hecho para ella el francés Legouvé. ¿conoce usted la obra?… Hay un pasaje en que la protagonista se yergue vengativa, con rencor en los ojos, y apartando de su regazo con violencia a sus dos hijos pequeños, grita con voz fiera y salvaje: “¡Os odio!… ¡Sí, odio a los hijos que Jasón me dio! ¡Sois falsos, como el amor con que fuisteis engendrados!… ¡Ah, pero no podréis traicionar a vuestra madre Medea, como Jasón ha traicionado a su mujer!… ¡Os odio, – sí, con todas las fuerzas de mis entrañas, por el dolor que habéis producido en mi cuerpo y en mi corazón!…”

Por un instante guardó silencio la anciana, como si necesitara reponerse de la emoción que indiscutiblemente le producía el recuerdo. Luego siguió:

-La cálida voz de mi madre tenía electrizado ·al público. En la interpretación de Medea mi madre llegaba a los más trágicos acentos. En la intimidad de nuestra casa, ya retirada de la escena, le oí muchas veces declamar ese dramático final en que Medea, después de matar a sus hijos, llora sobre ellos y exclama con voz ronca: “¡Oh, Dios!… ¡He matado a mis propios hijos!… ¡Mis bien amados!… No creáis, hijos míos, lo que antes dije en mi cólera… Yo os traje al mundo, yo os cuidé con celo…, pero Jasón iba a entregaros a otra mujer nueva. ¿Por qué si vuestra madre os pierde no debe perderos también vuestro padre?… ¡EI mataría en vuestros corazones mi recuerdo!; os formaría a su semejanza: ¡seríais falsos traidores, crueles con vuestras mujeres, como él conmigo!… ¡Yo os he librado de ese dolor, yo os he evitado el remordimiento!… y luego, estrechando contra su seno los cuerpecillos inertes de los niños, lloraba trágicamente, mientras susurraba con voz desgarradora: ¡Mis hijos!… ¡Mis hijos queridos! …”

Hubo un breve silencio en el jardín, que yo no me atreví a romper. Temblando ligeramente, la anciana prosiguió:

– El telón bajaba en medio de una salva de aplausos. Mi madre me confesó que ponía tanta emoción, tanto fuego, en ese parlamento, que las lágrimas resbalaban realmente de sus ojos. Sin embargo, aquella noche se había superado con creces. Ella misma decía que sintió de pronto un temblor una ternura…, un algo extraño que no había sentido nunca en escena. El éxito fue apoteósico. La emoción de la escena y de la inacabable ovación del público, aún le duraba en el camerino mientras cambiaba de traje para asistir, en un palco, a la segunda parte del espectáculo, que se componía de un concierto de música clásica a cargo de la Orquesta Sinfónica de Madrid.

Acababa de arreglarse, y de tomar una copa de champagne con unos amigos que habían acudido a felicitarla cuando le anunció su doncella:

– Señora… Tres periodistas, que acompañan a una mujer del pueblo, ruegan ser recibidos por la señora. Dicen que se trata de salvar la vida de un hombre.

– ¿La vida de un hombre?… – mi madre rio, divertida, con los demás-. ¡Qué truco tan original! Esto no me había ocurrido nunca.

Y cuando, minutos más tarde, Adelaida Ristori entró en el saloncillo donde la aguardaban los periodistas, vio ante sí a una anciana vestida de negro. Había en el rostro blanquecino de aquella mujer tal expresión de dolor, que mi madre perdió la sonrisa burlona. Los labios de la desconocida se movieron en un temblor nervioso y una voz tenue, humilde, como un susurro, salió de entre ellos…:

– ¡Mi hijo!… ¡Mi hijo!…

Uno de los periodistas dio un paso hacia mi madre:

-Señora, perdone que vengamos con una triste embajada en esta noche de triunfo para usted. Pero la vida de un hombre puede estar en sus manos.

– ¿En mis manos?… No comprendo…

-Se trata del soldado Nicolás Chapado. Seguramente habrá leído el caso en la prensa aclaró otro de los periodistas.

Y el tercero, completó:

– Al amanecer…, dentro de unas horas ya, será fusilado.

– ¡Mi hijo! … • susurró la anciana vestida de negro.

Mi madre volvió a mirarla. Y aquel rostro macilento, enmarcado por un pañuelo negro que se anudaba bajo la barbilla, tuvo el poder de estremecerla. Con los ojos cuajados de lágrimas por la emoción que iba embargándola, mi madre escuchó a los periodistas:

– Es un muchacho honrado a carta cabal. Su delito, con arreglo al Código Civil, no tiene mayor importancia. Pero el Código Militar es inflexible y duro.

– Un sargento malhumorado le maltrató de obra, acusándole de una falta que no había cometido. El muchacho tuvo un momento de rebeldía ante la injusticia…

-… Y lo amenazó con el sable, aunque no llegó a herirle. Pero el sargento se encontraba de guardia… y eso adquiere suma gravedad en el ejército.

Mi madre sin comprender aún lo que se pretendía de ella, inquirió confusa:

– ¿Y qué puedo hacer yo en este asunto?…

– Intentar la concesión del indulto.

Ante el asombro que aquello le produjo, los otros dos periodistas acudieron en ayuda del primero:

-Personas muy influyentes lo han solicitado ya de todas partes de España. Hasta ahora ha sido denegado, pero usted…

-Señora, la Reina y el presidente del Gobierno se encuentran en el Teatro. Usted los ha emocionado con su arte maravilloso. A ese arte apelamos para conseguir el perdón.

Envuelta en la atmósfera expectante de aquellos hombres que luchaban por salvar una vida, mi madre sentíase conmovida. Pero al mismo tiempo no acertaba a dar una respuesta.

-Echan ustedes una gran responsabilidad sobre mis hombros… Yo no sé…; yo …

Sin embargo, el rostro de aquella sencilla mujer del pueblo, con los ojos llenos de lágrimas y la voz susurrante, era muy difícil de vencer.

-Yo…, yo bien querría, señora…. le dijo mi madre llena de ternura; se lo aseguro. Pero no sé qué puedo hacer en su favor.

La anciana, una vez más, musitó suavemente.

– ¡Es mi hijo!… ¡Mi hijo!…

Adelaida, que no podía dejar de mirarla, se llevó una mano crispada a la garganta, para contener la emoción que ya la dominaba por completo. Y con un hondo suspiro dijo con unción:

– ¡Que Dios me ilumine!… Voy a hacer cuanto esté en mi mano.

Y, en efecto, minutos más tarde mi madre envió una tarjeta al general Narváez, solicitando hablar con él. El presidente del Gobierno probó su galantería y su admiración por la gran trágica italiana, acudiendo a su camerino. Allí, la Ristori expuso su petición; pero el general se mostró inflexible. Tanto insistió mi madre, y de un modo tan suplicante, que él hubo de contestar:

Isabel II

La reina española Isabel II

-Su Majestad la Reina, cediendo a sus bondadosos sentimientos, se ha inclinado varias veces a la clemencia; pero yo he aconsejado la negativa. Comprenda que es mi deber. Por lo tanto, no puedo ser yo quien ahora se lo pida. No obstante…

Por un instante el general vaciló. Instante que mi madre aprovechó para preguntar anhelante:

– ¿No obstante, excelencia…?

El general sonrió bonachón, como el que se da cuenta de que ha caído en una trampa… por hablar demasiado. Una trampa que, tal vez, estaba deseando.

– Aparte de un gran temperamento artístico, posee usted magníficos reflejos.

– Perdón -se excusó mi madre-. Sé que es mucho lo que pido, pero… ¿no obstante, excelencia…?

Sonrió de nuevo el general, y reanudó su respuesta:

– No obstante…. si logra usted que la Reina reitere sus deseos de perdón, yo no me opondré -encogióse de hombros, en señal de impotencia, como un niño: -Es todo cuanto puedo hacer en este caso. Pero, eso sí, ha de ser iniciativa de ella.

Ante el gesto de desaliento de mi madre, el general añadió:

– Le sugiero que solicite ser recibida en el palco real. Estoy seguro que Su Majestad accederá con gran simpatía. Y entonces…

Hubo una nueva, y levísima, pausa del general, que mi madre, en cuyo ánimo iba ganando terreno la esperanza, aprovechó una vez más, interviniendo rápida:

– ¿Y entonces…?

El general abrió los ojos con simpático gesto de fingido asombro. Y con otra sonrisa galante, acabó:

– Entonces… le deseo mucha suerte.

Mi madre, llena de emocionada gratitud, se inclinó ante él:

– Gracias, excelencia.

Cuando poco después, en el intermedio del concierto, Adelaida Ristori fue invitada a subir al palco real, temblaba como la hoja de un árbol. Y luego, los que presenciaron la entrevista, dijeron que jamás en escena estuvo tan inspirada, tan sublime como aquella noche en que la vida de un hombre dependía de su voz…

– Pasa, pasa, Adelaida -le dijo la Reina, que hallábase sentada en el saloncito adjunto al palco-. Te felicito. No sé cómo agradecerte la emoción que me has producido. En la escena del crimen he sentido un frío que me llegó hasta los huesos…, y luego, cuando lloras abrazada a los cadáveres de tus hijos, me ha invadido un calor hondo, un calor de verdad, de realidad cruda… ¡Has estado genial!… Deseo ofrecerte algo como recuerdo de esta noche inolvidable. Pídeme lo que quieras.

Mi madre, conmovida y emocionada, apenas atrevíase a hablar:

– Majestad…, voy a pediros mucho.

Isabel II rio, divertida:

– Veamos …

Haciendo un esfuerzo, Adelaida se lanzó decidida:

– Voy a pediros la más hermosa de las acciones; la que solo una madre, corno vos lo seréis próximamente, Majestad, puede saber el inmenso valor que tiene.

Hizo una leve pausa, reuniendo todo su valor:

– Por mi boca, la madre de un pobre soldado os suplica el indulto de su hijo.

– ¿Tú también, Adelaida? … -repuso la Reina con cierto enfado-. Me pides lo que no puedo darte.

Pero mi madre ya estaba lanzada, y ni el protocolo ni el temor de enfadar aún más a la Reina podía detenerla:

– Majestad, en este momento son miles, millones de súplicas las que os traigo … Vuestro pueblo, Señora, que tiene tan gran corazón, ruega en las iglesias por la vida de Nicolás Chapado. Esas oraciones son las que yo os ofrezco… de rodillas.

Y al decirlo, llena de emoción se arrodilló ante Isabel II. Pero ésta, lejos de enojarse ante la insistencia, la alzó del suelo, tomándola por los brazos:

– Levanta … Yo soy la Reina de España y tú la Reina del Arte; podemos hablar las dos sentadas.

Temblorosa, mi madre se sentó junto a la Reina, que decía:

– Veamos… ¿Sabes que ese pobre muchacho ha cometido un grave acto de indisciplina militar, de rebelión armada a la autoridad, y, por tanto, al Estado…, a mí…, a la Patria?

– Majestad… La Ley os autoriza la gracia del indulto.

La Reina, con un hondo suspiro se levantó y dio unos pasos por el saloncito. Mi madre, anhelante, se levantó rápidamente.

¡Si supieras qué difícil y qué triste es, a veces, ser Reina!…

Pero, Majestad… -insistió mi madre-, pronto vos seréis madre…

Isabel se volvió a ella, y en sus ojos había una gran tristeza:

– ¿Crees acaso que no siento un dolor profundo ante la pena de esa mujer a quien no conozco?… Cuando al amanecer caiga ese pobre muchacho, yo cruzaré las manos sobre mi vientre, en un abrazo al hijo que va a nacerme; y lloraré por esa madre que pierde al suyo…

Se acercó a mi madre, que había bajado la cabeza desalentada, y conteniendo la emoción que la invadía, añadió con ternura, suavemente:

– Créeme, todo esto es muy doloroso para mí, Adelaida… Pero ante las razones de Estado hay que saber endurecerse el corazón.

Tal vez esa misma emoción que invadía a la Reina fue la que hizo a mi madre perder todo temor. Insistió una vez más con la voz velada por las lágrimas:

– Majestad…, de ser Reina, esa pobre mujer perdonaría a un hijo vuestro que hubiera cometido el mismo delito que el suyo.

Isabel II la miró un poco sorprendida de su audacia… Pero al fin, compresiva, respondió dulcemente:

– Haría mal. ¿Tú, en mi caso, querrías más a tu hijo o a tu patria?

Adelaida, sin pensarlo, en un arranque respondió:

– ¡A mi hijo!

Isabel II seguía mirándola fijamente … y tal vez en su mirada había admiración. Sin embargo, su respuesta fue un tierno reproche:

– Eres valiente…; pero, dime: ¿has pensado bien tu respuesta?

Adelaida, llorosa, perdido ya el control de la emoción, dijo:

– Señora, perdonadme, pero yo no puedo pensar nada… No soy más que una actriz cuyo humilde arte ha tenido el honor de conmoveros. Podría haceros ahora una escena espectacular… y llevar a vuestro ánimo nuevamente la emoción, pero yo os ruego, Majestad, que no veáis en mí a la actriz. Ved en estos momentos a una madre que implora el perdón para su hijo.

– Sí. Ahora eres madre con toda la fuerza de tu arte; intensamente… -y la Reina sonrió comprensiva al decirlo-. Hasta donde. pueda llegar el corazón de una madre verdadera, hasta allí llega el tuyo. Miles de personas puestas en pie te lo han gritado esta noche con sus aplausos.

– ¡Pero ésta no es una escena ·falsa, Majestad!, protestó, llorosa, mi madre-. ¡Ahora es la verdad palpitante lo que siento!

– Sin embargo, antes que madre eres actriz, Adelaida. ¿Cómo, pues, vas a sentir lo que esa mujer a quien no conoces?

– ¡Ah!, Señora, ¡los artistas sólo necesitamos que nos den una “verdad”!… Cuando ese momento llega nos crecemos sobre nosotros mismos. Y yo sí conozco a esa mujer, Majestad… Y me ha bastado ver sus ojos, su mirada que busca piedad desesperadamente… No hacían falta palabras, Señora… Esa mujer me ha dado la verdad de un dolor sublime. ¡Y me pedía tanto sin hablar!… De sus labios descoloridos solo sale un susurro desgarrador: “¡Mi hijo!”… No dice nada más, Señora; pero ¡qué palabras, qué oración puede tener más ternura, más sinceridad ni más emoción sagrada?…

No pudo continuar. La emoción rompió su voz y atenazó su garganta. Doña Isabel puso una mano temblorosa en su hombro, y a duras penas pudo balbucir:

– Sí…; lo comprendo… Yo perdonaría…, pero el presidente estima que es preciso cumplir el fallo … -y al· decirlo, la Reina miró a Narváez, que permanecía en pie junto a las cortinas del palco.

– Señora…, si vos lo queréis…, si· insistís… y el general sonrió emocionado, al tiempo que bajaba los párpados en un gesto de asentimiento.

El gesto, más que las palabras del presidente, fue lo que sobreexcitó a la Reina. Dando rienda suelta a su alegría, presionó con fuerza el hombro de mi madre, al tiempo que decía como en una explosión:

– ¡Adelaida… estás complacida!… ¡Ese muchacho queda indultado!

Adelaida, riendo y llorando, temblando, cayó de rodillas para besar la mano, de Isabel II, mientras hablaba y hablaba, alborozada:

– ¡Majestad!… ¡Dios la bendiga!… ¡Dios bendiga al Rey que ha de naceros!…

En aquel mismo instante, y a la espalda de un programa del teatro, fue extendido el Real Decreto otorgando el indulto, que rubricó la Reina y refrendó el presidente del Gobierno. Y minutos después, Isabel II de España y mi madre, ambas aún con los ojos brillantes de emoción y alegría, despedíanse:

– Majestad… Esta noche habéis escrito una de las páginas más hermosas de vuestro reinado.

– Es posible que yo haya escrito esa página -puntualizó la Reina con una sonrisa de complicidad-; pero la obra completa la has escrito tú. Mañana te enviaré esta pluma como recuerdo de este momento feliz, que nunca olvidaremos ninguna de las dos.

Al salir del placo, mi madre, llena de entusiasmo y exaltación, corrió por los pasillos, gritando…:

. ¡Concedido el indulto!… ¡Concedido el indulto!… ¡Salvado!…

Rápidamente la noticia corrió por todo el teatro. Fue como un reguero de pólvora que encendió la emoción y el patriotismo en todos los asistentes. Surgieron los gritos de “¡Viva la Reina!, ¡Viva Adelaida Ristori!, ¡Viva España!…” Y aquella noche, mientras todo el teatro oía en pie el Himno Nacional, Adelaida Ristori y una anciana vestida de negro lloraban juntas, arrodilladas en el camerino, ante una copia de la Madonna en oración, de Perugino…

Había anochecido en el jardín. Mi octogenaria anfitriona habíase quedado en silencio… Las luces de Nápoles brillaban a lo lejos. Abrí mis ojos, realmente emocionado, y observé el rostro de Beatriz H. Ristori. Por sus arrugadas mejillas rodaban serenamente unas lágrimas. Con lentitud, en voz baja, para no romper el encanto que nos envolvía, le dije:

– ¡Qué rasgo tan hermoso el de su madre!… ¡Enfrentarse con una Reina, para salvar la vida de un hombre!

La mano temblona y arrugada de Beatriz se afianzó en su bastón. La ayudé a levantarse. Ella estrechó contra su pecho el estuche de terciopelo rojo, y respondió:

– Mi madre, Adelaida Ristori, fue una gran actriz y una gran señora, con un enorme corazón.

Durante unos segundos anduvimos en silencio, camino de la casa. Yo la observaba de soslayo, admirado del profundo amor que aún profesaba a la madre muerta, a pesar de haber transcurrido más de sesenta años; y de la fascinación que producía en ella su recuerdo. Como si adivinara mis pensamientos, Beatriz se detuvo un momento, y me miró con ojos brillantes:

– ¿Sabe una cosa?… Mi madre amaba con locura su arte, y dentro de él sus preferencias se iban hacia la tragedia. Medea era su mejor creación, el personaje que más le gustaba. Sin embargo…, siempre que la interpretaba quedaba en ella como un regusto amargo. Ella que tenía tan gran corazón sufría de verdad al tener que fingir que mataba a sus hijos… Por eso, después de este hermoso episodio ocurrido en España, precisamente interpretando esa tragedia, solía decir con satisfacción: “Medea mató a sus dos hijos, pero salvó la de un pobre muchacho… En parte ya ha saldado su deuda.”

Veíamos ya ante nosotros las luces de la villa, y con paso lento continuamos el camino por el jardín. Ya más serena, cuando llegamos a los escalones del porche volvió a detenerse y, mirándome con una sonrisa, añadió:

– Y como ocurre siempre en estos hechos admirables, aquí tampoco faltó la injusticia, amigo mío. Nadie supo los nombres de aquellos tres periodistas de quienes partió la idea de recurrir a la artista italiana. Mi madre no los olvidó jamás, y pienso que se sentiría defraudada de mí si yo en este momento los callara. Eran simples aprendices que hacían sus primeras armas en la prensa… -acentuó la sonrisa y sus ojos brillaron más… y se llamaban nada menos que Pedro Antonio de Alarcón, Gaspar Núñez de Arce y Manuel del Palacio.

Me invadió de súbito una oleada de ternura hacia aquella mujer que, estando lejos de mi patria, me hacía sentirme orgulloso de ser español.

 

Nota del editor:
Manuel y Félix Atalaya son los seudónimos que compartieron Manuel Ruiz Guerrero (n. 1917, Cádiz, m. 1984, Madrid) y Félix Díaz Gutiérrez (n. 1920, Logroño, m. 1980, Madrid); guionistas y actores ocasionales en papeles secundarios en películas que ellos mismos escribieron. Este relato obtuvo el primer premio del Concurso Literario de Cuentos de Nueva Acrópolis en 1979.

Referencias de las imágenes

https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Adelaide_Ristori_in_Paolo_Giacometti%27s_Elisabetha_regina_d%27Inghilterra.jpg
Dominio público

https://es.m.wikipedia.org/wiki/Archivo:Portrait_of_Isabella_II_of_Spain.png
Dominio público

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